Mélanie Grünwald - Solo en el Ama Dablam

Mélanie Grünwald - Solo sur l'Ama Dablam

Escalar el Ama Dablam es un sueño para muchos alpinistas.
Hacerlo sola, en el corazón del Himalaya, en algunas de las condiciones más difíciles de los últimos años, es una aventura aparte.
Para Mélanie Grünwald, esta ascensión fue mucho más que una cumbre: fue una reconquista, un diálogo íntimo con la montaña y consigo misma.

Un sueño de larga data

El Ama Dablam vivía silenciosamente en un rincón de mi mente desde hacía años. Es una montaña que exige técnica y alma a la vez, lo suficientemente exigente como para impulsarte, lo suficientemente elegante como para atraer. Para mí, es sin duda una de las montañas más bellas que he visto.

También fue una de las últimas ascensiones de una lista de sueños que había escrito antes de una lesión que me mantuvo alejada cinco años. Volver a ella fue como terminar una frase comenzada mucho tiempo atrás.

Ir sola no era para probar algo. Era para responder a una pregunta profundamente honesta:
"¿Quién soy cuando no tengo a nadie en quien apoyarme?"

Escalar sola es la conversación más íntima que puedes tener con la montaña y contigo misma.
Cada paso te pertenece. Cada duda también. Cada victoria igualmente.

Una preparación sin artificios

La preparación no tuvo nada de glamuroso. Fue una historia de constancia.

Mucha resistencia en la montaña, miles de metros de desnivel cada semana, y aprender a moverse eficazmente incluso con la fatiga.

Mentalmente, trabajaba en la regulación emocional:

  • mantener la presencia a pesar de la incomodidad,

  • tomar decisiones con un sistema nervioso en calma,

  • mantener la curiosidad en lugar del miedo.

No creo en el cliché de "conquistar" la montaña.
Creo en llegar a ella con humildad, serenidad y la flexibilidad mental necesaria para adaptarse, porque las condiciones cambian más rápido que el ego.

Altibajos

Lo mejor fue alcanzar la arista de la cumbre en el momento en que la primera luz me tocó la cara. El viento se levantaba, el Himalaya se abría en todas direcciones. Me sentí microscópica y totalmente viva.
Es fascinante cómo las montañas pueden hacerte sentir pequeña, pero nunca insignificante.
En altitud, todo se vuelve claro: el mundo se reduce a un paso, un movimiento, una respiración a la vez.

El momento más difícil no fue la ascensión, fue enfermar. Perder fuerzas en altitud es aterrador, porque cada metro ganado se vuelve más pesado. La soledad se vuelve más aguda cuando tu cuerpo deja de cooperar.
Por la noche, la montaña es ruidosa y, sin embargo, el silencio lo es aún más. La duda se instala. Aprendes a ser tu propio seguro, tu propio calor.

Alimentación en altura

La altitud lo cambia todo, el apetito disminuye, la digestión se ralentiza, la energía fluctúa.

Me concentré en carbohidratos simples, alimentos calientes y salados para los electrolitos, y productos limpios como COOKNRUN, que podía digerir incluso a 6.000 m.

Las sopas de lentejas BIVOUAC y los purés me ayudaron a recuperar fuerzas, incluso en el campamento base, cuando nada más pasaba. Fue crucial después de una intoxicación alimentaria, un verdadero punto de inflexión para recuperarme.

Durante la ascensión final, las barritas energéticas fueron salvadoras: fáciles de comer cuando el apetito desaparece, pero aportando una energía fiable.
Y después, las calorías de recuperación importan. Me apoyé en las barritas proteicas COOKNRUN para ayudar a la reparación muscular y a la reconstrucción.

El combustible no son solo calorías, es claridad, calor, consuelo y poder de decisión.

Aprender de la soledad

Escalar sola expone cada rincón que habitualmente ocultas.

Aprendí que:

  • puedo mantener la calma cuando las variables se multiplican,

  • el miedo no es el enemigo, es información,

  • la mente suele ser más ruidosa que la montaña.

Y también comprendí lo mucho que valoro la conexión, algo que solo entiendes realmente cuando eliges privarte de ella.

Las montañas enseñan, pero solo si llegas lo suficientemente en silencio como para escuchar.

La aceptación en lugar del ego.

Las condiciones estaban entre las peores que se habían visto en el Ama Dablam en décadas: nieve profunda, frío invernal y una severa intoxicación alimentaria además. Dudé, más de una vez, en llegar alguna vez a la cumbre.

La mañana de la cumbre, partir de noche a las 3 de la mañana del campamento 1 fue aterrador.
La inmensidad de la tarea me abrumaba, y estar sola en la vía ese día hacía que la montaña fuera aún más grande. Hasta los últimos cien metros, no estaba segura de lograrlo.

Mis piernas estaban pesadas, la fatiga acumulada de los campamentos de altitud pesaba, mi ritmo cardíaco no se estabilizaba. Fue entonces cuando dejé de buscar un ritmo ideal para escalar al que mi cuerpo realmente podía mantener. Aceptación en lugar de ego.

Estar sola no significa ser imprudente. Significa adaptarse cuando la montaña te lo pide.

Una lección que recordar

A menudo celebramos las cumbres, pero la verdadera magia vive entre el primer y el último paso: en las decisiones silenciosas en altura, en la disciplina de seguir cuando nadie mira.

Una cumbre no define tu carácter, lo hace la forma en que avanzas a lo largo del camino.

Y luego, comienza el verdadero trabajo: llevar estas lecciones a la vida cotidiana, donde más importan.

Si hay un mensaje que recordar, es este: Deja que la montaña cambie tu forma de vivir, no solo tu forma de escalar.

Una cumbre como ninguna otra

El Ama Dablam me obsesionaba desde hacía años, un nombre escrito en una lista mucho antes de que las operaciones, los fracasos y la convalecencia redefinieran mi trayectoria. Ir allí no era solo una ascensión; era cerrar un círculo que había quedado abierto.

Llegó en un momento en que finalmente era lo suficientemente fuerte, física y emocionalmente, para encontrarme con ella a su altura. Completarla marcó el fin de un antiguo capítulo, mientras apuntaba discretamente al comienzo de uno nuevo.

El regreso a la vida cotidiana

El descenso, o más bien el regreso, es siempre más difícil que la subida, física y emocionalmente. Tu mente sigue calibrada en la precisión y la presencia, y la vida ordinaria parece al principio extraña, distante.

Trato de moverme lentamente, dormir bien y dejar que las lecciones se integren en lugar de correr hacia el próximo objetivo. Esta pausa es parte de la ascensión.

Las montañas no son un escape para mí. No anestesian la realidad, la agudizan. Despojan lo superfluo y te devuelven al mundo con una mirada más clara.

Para mí, una vida plena de sentido vive en la dualidad: aventura y rutina, soledad y conexión, profundidad y ligereza. No son mundos opuestos para elegir, sino las dos mitades de una misma experiencia humana.

Y ahí reside la verdadera plenitud: dejar que la claridad de las alturas transforme tu manera de vivir en el valle, no solo tu manera de escalar.

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