Cinco días para cruzar la Selva Negra.
Cinco días con Marvin, nuestras bicicletas cargadas con algunas alforjas, una ruta GPS garabateada de antemano... y sobre todo, unas ganas enormes de pedalear, lejos de todo.
Sobre el papel, era sencillo: pistas forestales, cumbres, primavera, noches estrelladas. Pero la realidad pronto tomó otro rumbo.
Desde la primera noche, sentimos que algo no andaba bien. El frío era intenso, mucho más de lo que habíamos imaginado. Al anochecer, montamos nuestras tiendas entre los abetos. El termómetro bajó a menos de -2°C. Los dedos estaban entumecidos, el sueño se interrumpía por las ráfagas que azotaban la lona. Pero a pesar del frío que se colaba por todas partes, sonreíamos. Porque para eso también estábamos allí: para sentir los elementos, para vivir de verdad.
"Los días siguientes, las pistas de gravel se suceden... pero ninguna es igual."
Un estrecho sendero se desliza entre troncos negros, y de repente una amplia pista de cresta se abre a un horizonte de montañas lejanas. En cada curva, el bosque nos ofrece una nueva sorpresa. Aunque la ruta GPS esté trazada, nada está realmente escrito de antemano. Un camino más empinado de lo esperado, un río que cruzar, una subida interminable... y siempre esa emoción de no tenerlo todo bajo control.

La tercera noche, después de dos noches heladas en la tienda, cambiamos de plan. Nos dimos el capricho de una noche de hotel para encontrar sábanas calientes, una ducha hirviendo y recargar un poco las pilas. Porque la aventura también es saber escuchar a tu cuerpo y aceptar que a veces, la comodidad forma parte del viaje.
No faltaron los momentos intensos. Un neumático tubeless desgarrado en medio de la nada, las manos temblorosas para encontrar una solución bajo la lluvia fina. Las panaderías providenciales donde nos deteníamos casi religiosamente para disfrutar de un pastel y un café caliente.
Los encuentros inesperados en los pequeños pueblos, esas miradas curiosas, esos "¡Gute Fahrt!" lanzados al pasar, que te dan un impulso para los próximos kilómetros. No había cronómetro, no había presión.
Pedaleábamos por el simple placer de estar al aire libre, de avanzar, de respirar ese olor a pino y tierra mojada.
Algunas noches, bajo un cielo cubierto, nos mirábamos riendo: "Esto no estaba planeado así".
Pero en el fondo, era exactamente lo que habíamos venido a buscar. Lo imprevisible, lo real, lo crudo.

Comida de campamento pasta bolo liofilizada COOKNRUN
Con el paso de los días, algo cambió. Ya no era solo una travesía: se había convertido en una forma de viajar diferente. De ralentizar, de dejarse sorprender, de vivir cada instante sin preocuparse por el mañana.
Cuando terminamos la ruta, con las piernas cansadas pero el corazón ligero, sabíamos que no era realmente un final. Era más bien el comienzo de una nueva pasión por este tipo de aventura, lenta e intensa a la vez.
Un inmenso agradecimiento a quienes hicieron posible este proyecto — OM SYSTEM, COOKNRUN, OGARUN, STOOTS y Cycliste. Vuestros equipos nos acompañaron fielmente, desde la primera pedalada hasta el último vivac.
Este viaje no fue perfecto. Pero fue real. Y por eso lo recordaremos mucho tiempo.
— Paul, @nomad.vanture